Exemple

Exemple

Alba

Mi corazón oprimido

Siente junto a la alborada

El dolor de sus amores

Y el sueño de las distancias.

La luz de la aurora lleva

Semilleros de nostalgias

Y la tristeza sin ojos

De la médula del alma.

La gran tumba de la noche

Su negro velo levanta

Para ocultar con el día

La inmensa cumbre estrellada.

¡Qué haré yo sobre estos campos

Cogiendo nidos y ramas

Rodeado de la aurora

Y llena de noche el alma!

¡Qué haré si tienes tus ojos

Muertos a las luces claras

Y no ha de sentir mi carne

El calor de tus miradas!

¿Por qué te perdí por siempre

En aquella tarde clara?

Hoy mi pecho está reseco

Como una estrella apagada.

Federico García Lorca

«Amanecer de Otoño»

Una larga carretera

entre grises peñascales,

y alguna humilde pradera

donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada

por las gotas del rocío,

y la alameda dorada,

hacia la curva del río.

Tras los montes de violeta

quebrado el primer albor;

a la espalda la escopeta,

entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

Antonio Machado

«Amanecer»

En la honda noche universal

que apenas contradicen los faroles

una racha perdida

ha ofendido las calles taciturnas

como presentimiento tembloroso

del amanecer horrible que ronda

los arrabales desmantelados del mundo.

Curioso de la sombra

y acobardado por la amenaza del alba

reviví la tremenda conjetura

de Schopenhauer y de Berkeley

que declara que el mundo

es una actividad de la mente,

un sueño de las almas,

sin base ni propósito ni volumen.

Y ya que las ideas

no son eternas como el mármol

sino inmortales como un bosque o un río,

la doctrina anterior

asumió otra forma en el alba

y la superstición de esa hora

cuando la luz como una enredadera

va a implicar las paredes de la sombra,

doblegó mi razón

y trazó el capricho siguiente:

Si están ajenas de sustancia las cosas

y si esta numerosa Buenos Aires

no es más que un sueño

que erigen en compartida magia las almas,

hay un instante

en que peligra desaforadamente su ser

y es el instante estremecido del alba,

cuando son pocos los que sueñan el mundo

y sólo algunos trasnochadores conservan,

cenicienta y apenas bosquejada,

la imagen de las calles

que definirán después con los otros.

¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida

corre peligro de quebranto,

hora en que le sería fácil a Dios

matar del todo Su obra!

Pero de nuevo el mundo se ha salvado.

La luz discurre inventando sucios colores

y con algún remordimiento

de mi complicidad en el resurgimiento del día

solicito mi casa,

atónita y glacial en la luz blanca,

mientras un pájaro detiene el silencio

y la noche gastada

se ha quedado en los ojos de los ciegos.

Jorge Luis Borges

«Alba de noche oscura»

Sobre la luna inmóvil de un espejo,

celebra una redonda cofradía

de verdes pinos, tintos de oro viejo,

la transfiguración del rey del día.

La plata blanda, ayuna del reflejo,

muere ya. Del cristal -lámina fría-

dice la voz del vaho en agonía:

-Doró mi lengua el sol, ¿de qué me quejo?

La puertas del ocaso, ya cerradas,

tapina de luto el campo. Negros perros,

a lo que nadie sabe, ocultos, gritan.

Decapitando sueños, fatigadas,

sobre el túmulo alto de los cerros

las estrellas del valle se marchitan.

Rafael Alberti

«Cuerpo del amanecer»

Cuerpo del amanecer;

flor de la carne florida.

Siento que no quiso ser

más allá de flor tu vida.

Corazón que en el tamaño,

de un día se abre y se cierra.

La flor nunca cumple un año,

y lo cumple bajo tierra.

Miguel Hernández